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Ramírez Calderón, R. L.; Cortés Hernández, M. E. PAISAJE SONORO DE LA CALZADA FRAY ANTONIO DE SAN
MIGUEL EN MORELIA, MICHOACÁN
Introducción
La capacidad sensorial es imprescindible
para la relación del ser humano con el me-
dio, y el pensamiento productivo en cual-
quier ámbito. Percibir en el sentido del
conocimiento, implica determinar tres di-
mensiones: sensorial, psicológica y racio-
nal. Esto lleva a considerar tres momentos
en el acto de la percepción: la sensación
afectiva) y el conocimiento (reacción men-
tal). Al conjugar estos parámetros, la per-
cepción es completa y contextualizada. El
carácter social y cultural que tienen mu-
chas de las percepciones visuales y sono-
ras que constantemente llegan a nuestros
sentidos, puede decirse que cualquier in-
formación del medio es captada por cada
observador en función de su manera per-
sonal de percibir: sólo vemos u oímos lo
que conocemos y solamente si se presta
atención.
Dentro de la percepción sensorial, la
auditiva es la que interviene en la capta-
ción de los denominados “paisajes sono-
ros” (soundscapes). Un paisaje o un medio
ambiente, se -
junto de sonidos del medio percibidos por
el oído humano. Sin embargo, desgracia-
damente, no siempre somos conscientes
de ello porque nos hemos acostumbrado
a no escuchar con atención. Los sonidos
que acompañan a un determinado paisaje
o sitio, tienen su propia identidad. Estos
son inseparables de esa circunstancia, ese
-
saje sonoro tan real, aunque diferente del
paisaje visual (landscape), a que tan habi-
tuados estamos.
El paisaje sonoro viene determinado
por el medio, ya sea rural o urbano, por la
hora del día, y por la situación del observa-
dor, lo que lleva a evocar paisajes sonoros
en un lugar y tiempo determinado.
Los sonidos dan forma al ambiente, el
acto de habitar hace referencia a esa rela-
ción con el cerco que actúa sobre el habi-
tante como envoltura tanto espacial como
sonora. Habitar implica hábito, es decir,
costumbre; lo inercial, por lo tanto, los há-
bitos ambientales como los que promue-
ven la arquitectura o la música, se vuelven
-
tante observar el espacio dónde los soni-
dos se acomodan; el lugar desde donde se
emiten y, por último, el lugar desde donde
se reciben.
Generalmente, la audición se efectúa de
forma automática y con frecuencia exenta
de atención, por lo que los sonidos se han
convertido en un hecho acústico reservado
a ciertos lugares y ocasiones. En ocasiones
el ser humano está tan habituado a la con-
taminación acústica que no percibe la ma-
yoría de los sonidos del entorno, ya que de
alguna manera se ha acostumbrado a ellos.
Por eso, dice Fernando Palacios (Palacios,
1997), “vivir entre polución sonora desgas-
ta la sensibilidad auditiva y la costumbre
de atender”. Aquí se puede imaginar que el
autor nos habla de comprender. Frecuen-
temente ocurre que la percepción sonora
y la visual, se asocian y no se diferencian
con facilidad. Vista y oído no se separan
-
cepción, de manera involuntaria e incons-
ciente, predominando en este proceso de
la percepción, la imagen sobre el sonido. El
85% de la información total procede de la
vista (Davis, 1973), según Flora Davis en
su libro La contaminación no verbal; mien-
tras el interés por los otros cuatro sentidos
se va aletargando de manera importante.
Murray Schafer (Murray, 1977) dice