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patrones recurrentes. La escucha histórica
se construye entonces como lectura com-
parativa y contextual, no como reconstruc-
ción lineal.
Este enfoque reconoce también sus lí-
mites. La dimensión subjetiva de la expe-
riencia sonora individual permanece in-
accesible; lo que puede reconstruirse es la
estructura acústica probable del entorno y
su función social dentro del espacio públi-
co. La metodología no pretende sustituir la
-
blecer un marco interpretativo que permita
comprender cómo el sonido participó en
perspectiva, el paisaje sonoro se aborda
como fenómeno relacional, resultado de in-
colectivas y dispositivos institucionales.
Los testimonios tempranos, como el de Fran-
cis Erskine Inglis en 1841 (Calderón de la Bar-
ca, s.f., p. 36), constituyen un punto de partida
relevante. Su descripción de una calzada recta,
empedrada con losas lisas y sombreada por her-
mosos árboles, no menciona sonidos de manera
explícita; sin embargo, desde la ecología acústica,
cada uno de esos elementos posee implicaciones
auditivas concretas. El empedrado liso implica
superficies reflectantes que favorecen la
reverberación moderada de pasos y ruedas. A
diferencia de un terreno terroso o vegetal, la
piedra produce resonancia definida y prolonga
ligeramente la vibración del contacto. Por su
parte, la alineación continua de fresnos conforma
una masa vegetal que introduce absorción parcial
y dispersión de frecuencias altas, generando una
atenuación natural del sonido. Esta combinación
de dureza mineral y filtro vegetal configura
un corredor donde los sonidos se proyectan
longitudinalmente pero se amortiguan
lateralmente, creando una experiencia acústica
envolvente pero contenida.
En este momento temprano, la ausencia
de referencias a concentraciones multitudi-
narias o actividades festivas sugiere un pai-
saje sonoro de baja densidad, estructurado
por sonidos ambientales persistentes: el
roce del viento en el follaje, el paso ocasio-
nal de peatones, el desplazamiento inter-
mitente de carretas. Desde la perspectiva
de Schafer, podría hablarse de un entorno
cercano a una condición donde la re-
lación señal–fondo permite distinguir con
claridad cada evento sonoro debido a la es-
casa saturación acústica. La Calzada funcio-
na así como un espacio de transición entre
ciudad y campo, donde la naturaleza aún
domina la atmósfera auditiva.
El poema “Una noche de luna en la cal-
zada” (La Voz de Michoacán, 1842) refuerza
esta caracterización, pero introduce una di-
mensión sensorial más compleja. La escena
nocturna, descrita bajo luz lunar tenue y
con fresnos mecidos suavemente, permite
inferir una atmósfera de baja interferen-
cia mecánica. El horario nocturno implica
reducción del tránsito y de actividades
-
mente la densidad sonora. El movimiento
“blando” de los árboles sugiere viento li-
gero, generador de un murmullo continuo
de fondo. Aquí resulta pertinente incor-
porar la noción de acustemología de Feld:
experiencia situada que produce conoci-
miento del entorno. El poema no enumera
sonidos porque el énfasis está en la viven-
cia contemplativa; sin embargo, esa vi-
vencia presupone una atmósfera auditiva
estable, serena, propicia para la introspec-
ción. La experiencia nocturna convierte
el espacio en ámbito sensorial integrado,
donde vista, olfato y oído conforman una
unidad perceptiva.
García Orozco, A. L. RECONSTRUCCIÓN ACÚSTICA HISTÓRICA Y PATRIMONIO URBANO: LA CALZADA DE
GUADALUPE, SIGLO XIX